Todavía
conmociona el disparo que no fue. Conmociona por la persona afectada, porque es
un ser viviente y porque le tengo un enorme cariño humano y similar admiración
política.
También fue una detonación a la
democracia, podría haber estallado en pedazos. Alguna vez teníamos que tener
suerte. Aunque las empresas de sugestión masiva (a quienes le seguimos
regalando el mote neutral de “medios de comunicación”) siguen secando pólvora.
Era esperable, ellas prepararon el escenario y querían que el disparo saliera.
Lo que
llamamos democracia (un sistema representativo edulcorado con esa -hoy- bella
palabra) tiene muchos límites. Ayuda a evitar lo peor, pero no consigue lo
mejor. Lo peor es que los grupos humanos se eliminen entre sí para llegar a ser
lo que creen que son. Lo mejor es que esos grupos lleguen a ser, a su modo, lo
que creen que son. Parece un juego de palabras (o una limitación de este
escritor) hay que leerlo y releerlo con paciencia.
El asunto son las diferencias.
Las diferencias sobre el mundo y los sujetos que creemos ver… y los que
queremos lograr. La democracia (la original, no la edulcorada) nos ayuda a no
matarnos en el intento, pero no sirve para que el intento llegue a buen puerto.
Por eso las narrativas de odio, muerte y destrucción son incompatibles con ella
y deben ser prohibidas (no necesariamente penadas). Dicho de otro modo, la
democracia sirve para no perdernos en el camino, pero no para encontrar la salida.
Hasta podríamos compararlo con una madre, que nos da la vida, pero no nos dice
cómo vivirla (con muchas excepciones…). La diferencia es sutil y sustancial al
mismo tiempo. El servicio no es nada menor, no hace falta medir la lesividad de
una masacre o de un muerto político, para darse cuenta.
Hasta aquí los límites digamos,
ontológicos, los que cabrían a todo sistema democrático.
Ahora hablemos de las
limitaciones de la democracia edulcorada, la concreta, la que vivimos aquí y
ahora. Es edulcorada básicamente por dos motivos: porque es hija de un
particular contexto de surgimiento y porque se aplica dentro de ciertas
circunstancias geopolíticas.
Su contexto de surgimiento (y de
represtigio después de dos mil años de deshonra) es el conflicto de clases europeo
occidental de mediados del siglo XIX. Dice Wallerstein que la representación
política moderna (luego barnizada con la retórica democrática) surge como la
herramienta útil para domar al proletariado. Por “domar” léase “domar”. Las dos
piezas claves de la domesticación son, por un lado la retórica democrática (uno
es autónomo, decide por sí mismo, se pone su propia norma) y por otro, los
aparatos burocráticos de representación partidaria que frustran en los hechos
la promesa de las palabras. Dicho más simple: la democracia representativa está
hecha para que las clases subalternizadas participen en el juego del poder…
pero no para que ganen ¿a quién se le ocurre?. Doscientos años de historia
argentina lo vienen a confirmar. Cada vez que las clases subalternizadas
accedieron “democráticamente” al poder, llegó la gorra y el juego se acabó.
Pero qué insolencia creer que las promesas pueden llegar a ser realidades. Es
que la buena gente tiene el vicio de creer. Es una democracia que parece serlo,
pero no se sarpen, no que es. Estamos invitados a tomar el té, pero que estemos
invitados no quiere decir que podamos tomarlo, horda de irreverentes.
Hoy la gorra no aparece para
llevarse la pelota cuando a los insolentes se les ocurre meter los goles, al
menos no vestidos de gorra. Pero el resentimiento por el hecho de que los
subalternizados quieran dejar de serlo y encima exijan el cumplimiento de las
promesas democráticas, no se acaba nunca. Peor, se agrava.
El otro límite concreto es la
circunstancias en que se aplica actualmente el sistema representativo
argentino. Pero la pucha! tanto votar al cuete para que una corrida cambiaria o
un índice de inflación acabe con ministros o presidentes!. Conviene tener
presente por si a alguno se le olvida, que la geopolítica mundial nos marca
como pertenecientes al hemisferio occidental, la vereda de USA, ba… En
decadencia, puede ser, pero firme aún al menos para nosotros.
En la grilla de resultados de una
elección política caben muchas posibilidades, incluso socialistas de izquierda,
populoides, frentistas etcétera etcétera. Todo lindo, pero los negocios son los
negocios. En el reparto de porotos la banca y el punto ya tienen nombres. El
comercio exterior es el que determina el sistema económico local, ese comercio
está dominado por las empresas multinacionales, su signo es el dólar y sus
agentes locales la sedicente “burguesía nacional”. A cualquiera que se le
ocurra correr un poquito esas referencias, sea como sea que haya llegado al
poder, deberá saber que surfea entre tiburones.
Allí están los Luciani, los
Giménez Uriburu, los Sabag Montiel tratando de meter en caja a los
subalternizados que han decidido creer en las promesas de la democracia
edulcorada. Aquí está Cristina y su pueblo, tratando de expandir los límites de
la democracia posible.
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